Lo que Miyamoto seguramente leyó.
Los buenos diseñadores se preocupan mucho por la sensación física de sus productos. El tacto y la sensación física, en general, pueden marcar una enorme diferencia en cómo apreciamos lo que ellos crean. (…) Muchos diseñadores profesionales se centran en el aspecto visual, en parte, porque es lo que se puede apreciar a cierta distancia, y, sin duda, todo eso se puede experimenta en una fotografía publicitaria o de marketing o en una ilustración impresa. Tocar y sentir, sin embago, son experiencias decisivas para la manera conductual de evaluar un producto. (…)
Los objetos físicos tienen un peso, una textura y una superficie. (…) Un número demasiado alto de creaciones de alta tecnología se han desplazado desde lo que eran productos y controles físicos reales a otros que se hallan alojados en las pantallas del ordenador, y se hacen funcionar tocando la pantalla o manejando el ratón. Todo el placer que se deriva de manejar un objeto físico ha desaparecido, y, con él, la sensación de control. La sensación física importa. (…) Una parte enorme de nuestro cerebro está dedicada a los sistemas sensoriales que, de manera constante investigan, sondean, interactúan con el entorno. Los mejores productos aprovechan a fondo esta interacción. Imaginemos (…) que estamos jugando al tenis, que escuchamos el tañido que la pelota produce al chocar contra las cuerdas de la raqueta, aquella sensación especial que deja en las manos. Tacto, vibración, sentido, olor, sonido, aspecto visual. Y ahora imaginémonos que hacemos todo eso a través de la pantalla de un ordenador, en el cual lo que vemos puede tener la apariencia de ser igual de real, pero no hay, en cambio, sensación, ni aroma, ni vibraciones, ni sonido.
El mundo del software es digno de elogio por su capacidad y habilidad casi propia de un camaleón para transformarse en cualquier función que se precise. El ordenador asegura acciones abstractas. Los informáticos denominan a estos entornos “mundos virtuales” y, aunque tienen muchas ventajas, eliminan uno de los grandes placeres de las interacciones reales: el deleite que nos produce tocar, sentir y mover objetos físicos reales.
(Donald A. Norman, ”El Diseño Emocional, Por qué nos gustan (o no) los objetos cotidianos” - Capítulo 3, Diseño Conductal -, 2004).